jueves, 20 de diciembre de 2012

Abanicos, amor y coquetería



Hoy amanecí enamorada. La lluvia regó los jazmines y su aroma fuerte cubre toda la casa. Eso me hizo pensar que el amor es ensoñación y fantasía, miradas, suspiros, ilusión y palpitar de anhelos, silencios misteriosos que lastiman nuestras almas. El amor es misterio, confianza, afirmación y duda…

Y tal vez, por estar hoy tan romántica y enamorada, recordé esas tardes de tanto calor y los abanicos con su lenguaje invisible y silencioso. Éstos trasmitían, en secreto, con sus movimientos, mensajes maravillosos entre suspiros tímidos que expresaban deseos de las damas en conquista romántica con los caballeros.
El abanico es un signo distinguido de coquetería, de intriga, de seducción. Sirve tanto para darse aire como para avivar el fuego y es en este sentido que incrementa fuegos de pasiones y de coqueterías intrigantes.
En estos sueños de pasiones, quien maneja el abanico y conoce su lenguaje, es quien lleva la primera palabra en la conquista sentimental. Entonces, sería útil y maravilloso que aprendiéramos a usarlo.
A través del tiempo
El abanico es desde los tiempos remotos un instrumento para dar aire con el que se aventaba el fuego. Seguramente, sería con una hoja; luego con las plumas, hasta que se convirtió en esta maravilla de varillas, de sedas, plumas de avestruz y marfil, que los artesanos y artistas pusieron en nuestras manos, como verdaderas obras de arte.
Los usos y costumbres lo tomaron como accesorio femenino al igual que los guantes y el bolso. Aunque los hombres también lo utilizaron pero en menor tamaño. Solían guardarlos en el bolsillo de sus gabanes, la varillas, en general, eran de marfil, nácar o madera, y el país, o sea la parte superior que recubría las varillas y decoraba el abanico, de piel, papel y hasta de encaje.
Si no tenían país se los llamaba abanico de baraja. Luego sirvió para liberarse del calor y espantar insectos.
Al pasar los tiempos vemos cómo fue adoptando otros usos, desde ser objeto de ornamentación de ceremonias, que denotaba un estado social alto, hasta convertirse en ornamento de utilidad y símbolo de prestigio social.
Leyendas
Hay muchas leyendas, pero la que a mí me gusta más es ésta: Dicen que el abanico surgió de los amores de Cupido que, al tratar de congraciarse y enamorar a Psique, arrancó una pluma de la espalda de Zéfiro con el propósito de refrescar a la diosa mientras dormía.
Otra, y nacida de las fiestas de las antorchas que hablamos en un viaje a Japón, es una de las más bellas y dice que el invento del abanico se debe al exceso de calor durante esta fiesta, en la que las mujeres habían asistido con el rostro cubierto por un antifaz para preservarse de las miradas de los hombres, que en esos tiempos eran completamente prohibidas.
Cuentan que la joven Kau-si, hija de un rico mandarín, no pudiendo resistir más el calor, se quitó el antifaz y lo agitó rápidamente delante de su rostro para darse aire, actitud que imitaron inmediatamente el resto de las mujeres.
Egipto
En Egipto, eran muy grandes y confeccionados con plumas. Eran de gran tamaño, con largos mangos, de forma circular y permanecían fijos. El tipo más antiguo consta de un mango más o menos largo de madera, marfil o asta, unido a una montura que puede ser de hoja de palma, piel, y que en algunos casos es sustituida por plumas.
Todos recordarán esas imágenes donde los esclavos tenían el deber de moverlos, para darle aire a su faraón y a la vez espantar moscas e insectos. Éste ha sido utilizado en todos los tiempos y en todas las culturas. Los faraones egipcios, entre quienes gozó de una alta consideración, lo usaron ya desde el siglo XVIII a.C.
Los bajorrelieves del antiguo Egipto muestran grandes abanicos ceremoniales detrás del carro de los faraones, y se han encontrado dos en la pirámide de Tutankamón, como parte del maravilloso tesoro del faraón.
De los asirios pasó a los medos y a los persas. También se hallaron abanicos en restos arqueológicos de los etruscos en el año 500 antes de Cristo.
Roma y Grecia
Griegos y romanos también los usaban y dejaron muestra de eso en citas literarias, como por ejemplo Eurípides en su tragedia Helena, cuando cuenta del eunuco que abanicaba a la mujer de Menelao. Mientras ella dormía, el pobre eunuco la abanicaba para que los insectos no molestaran su sueño.
Los griegos contaban con abanicos de varias clases: el Miosota, el ripis, y el psigma. Sin lugar a dudas, éstos acompañaban a las mujeres atenienses enalteciendo su hermosura. Se usaban para ornamentar y para espantar moscas. A este último se lo denominaba muscaria.
Los griegos lo tomaron de los asirios por la intromisión de los fenicios y era costumbre entre los recién casados abanicar a su esposa mientras ésta dormía como muestra de atención. ¡Qué tiempos!
Los romanos lo denominaron flabellum —flabelo— y lo utilizaban en las termas, teatros, etcétera.
Los árabes lo adoptaron más tarde, en los primeros siglos de nuestra era.
Según una leyenda, en el siglo VIII d.C., en la habitación de un fabricante se metió un murciélago. Al querer echarlo lo mató y éste cayó al suelo, donde pudo observar las alas y creó el abanico plegable. Éstos se denominaban komon, que en japonés significa murciélago.
Cristianos y aztecas
La iglesia cristiana, durante la Edad Media, hizo del flabellum un instrumento de culto, que cayó en desuso después del siglo XIV.
Los aztecas lo utilizaban de forma similar que los orientales y era considerado un símbolo de autoridad. Recordemos cuando Moctezuma le regala al conquistador Hernán Cortés dos abanicos de plumas.
El más usado en Europa fue el abanico de plumas que traían los conquistadores desde el Nuevo Mundo como parte del botín. Este tipo de abanico fue el que se utilizó en todas las cortes europeas durante el siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII, tal y como puede apreciarse en los retratos, que los más grandes artistas dejaron, como muestra maravillosas de arte y de usos y costumbres.
A finales del siglo XVI también empezó a usarlo la burguesía. Con el paso del tiempo se fue convirtiendo en un objeto ornamental que indicaba poder de la persona que lo ostentaba.
China
A pesar de parecer algo del pasado los abanicos son algo especial; son maravillosos trozos de lienzos para los artistas chinos de hoy.
Según descubrimientos arqueológicos, parece que hace más de 2,400 años existían ya los abanicos en China. La estructura de los más antiguos era completamente diferente a la de los de hoy.
En la provincia de Hu Bei se han encontrado de varios colores, con finos dibujos y realizados en plumas y bambú. Hasta la dinastía Tang, eran realizados en seda y tenían una hermosa forma redondeada.
En china antigua se solían colocar unos enormes abanicos en el salón donde estaban los miembros de la familia real, símbolo de poder y de posición social supremos.
También eran muy usados no tanto para dar aire sino como un ornamento personal y como sinónimo de complicidad. Era un elemento decorativo y muy elegante y se confeccionaba con maravillosas sedas, papel, bambú y marfil y maderas livianas, además de pintarlos decorativamente con maravillosos paisajes.
España
El abanico viajó a España procedente de China, su época de gloria en Europa fue durante los siglos XVII y XVIII. Toda Europa lo adoptó, en especial España, donde más se comercializó, y fue elemento que todas las mujeres adoptaron con placer, y de allí pasó a América. En algunas culturas también lo empleaban los hombres.
En los siglos XVIII y XIX fue su uso reflejado en las obras de arte más famosas y en la literatura.
En la exposición “Goya. La imagen de la mujer” en el Museo Nacional del Prado, se ve reflejada toda la belleza con que vestían las mujeres a las que él retrató. Allí encontramos a la monarquía, la ilustración, la nueva burguesía y el majismo en detalles que ilustran la historia de la moda entre los siglos XVIII y XIX.
Pequeñas obras en sí mismas en las que la admirable pincelada del artista plasma con soltura la calidad de telas y pieles que embellecían aún más a las mujeres de la época.
Joven con abanico, 1806-07
La protagonista lleva los brazos enfundados en mitones blancos, quizá de cabritilla, con lazos en el antebrazo que cubren sus manos hasta el nacimiento de los dedos, tal y como dictaban los estilos y la etiqueta del momento.
Esta tendencia había comenzado desde 1789, año de la Revolución Francesa, buscando la simplicidad de cortes y tejidos.
Aparece el abrigo y la pelisse o cabriolé de seda, alta de cuello y entallada y las mangas que se alargan hasta los dedos.
Su uso
El uso del abanico está permitido tanto en lugares abiertos como cerrados y a cualquier hora del día. La buena fabricación del abanico permitirá abrirlo y cerrarlo con ligereza, sin ruidos ni aspavientos.
Las épocas de esplendor del abanico crearon un leguaje de amor, mediante gestos, formándose un auténtico alfabeto mediante las distintas orientaciones de sus varillas.
Los jóvenes de hoy no lo usan como complemento de la vestimenta. Lamentablemente, se ve solamente en manos de pocas damas, pero cuidado porque quien lo lleve en sus manos trasmite un mensaje maravilloso lleno de seducción y de intriga.
Descifrando su lenguaje
Las damas del siglo XIX y principios del siglo XX eran muy cuidadas, así que no salían solas sino que debían ser acompañadas por sus madres o damas de compañía, las que sin lugar a dudas debían de controlar que estas niñas, con sus jóvenes primaveras, no usaran su abanico como medio de comunicación en la conquista de un caballero. Pero como el amor, la primavera y Cupido existen. Y ellos llevan a imaginar todo lo posible para lograr lo más lindo y maravilloso que forma la vida, utilizaron el abanico como medio de conquista y seducción. Así que lo utilizaban para concretar citas en situaciones donde no podían utilizar la palabra como en las misas, paseos familiares y en las cazuelas de los teatros.
Por eso se explica que, en tiempos de Luis XV, rey de Francia, la etiqueta prohibía a las damas de la corte abrir sus abanicos en presencia de la reina, a no ser que lo utilizaran como bandeja para ofrecerle algún presente.
Pero no sólo en Francia existían normas sobre el abanico. Hasta 1939, en la corte de Inglaterra, fue obligatorio para las damas su uso en recepciones y actos oficiales.
Trasladémonos a esos tiempos e imaginemos el nerviosismo del caballero al ver que una dama lo miraba con el abanico cerrado en la mejilla, pues ella le estaba diciendo que gustaba de él y mucho.
Si la dama golpeaba el abanico sobre la palma de la mano, le estaba indicando que la señorita de compañía estaba cerca y que el coqueteo se tenía que terminar. Lástima realmente que esta tradición tan hermosa, femenina e insinuante se haya perdido.
Imaginen mis caballeros del siglo XXI, que una mujer bonita sostiene un abanico en la mano derecha por supuesto cerrado, saben que les está diciendo: ¡que no tiene novio y que está ansiosa por encontrarlo!
¡Pero cuidado si el abanico está en la mano izquierda, esta mujer bonita está comprometida!
Si la mujer esconde los ojos detrás del abanico, estaba diciendo a su galán “que lo quiere”.
Y si lo coloca a medio abrir en forma insinuante, sobre los labios, dice: “Puedes besarme”.
Un sombrero, una mantilla, la forma de tomar un abanico o el resplandor de una joya son mucho más que adornos del vestuario femenino.
Dónde habrá prenda tan gentil, gallarda y hermosa que dé más encanto a la cara de una mujer como es la mantilla, tan usada en España, y en los tiempos de la colonia en el Río de la Plata.
Qué placer… Recuerdo un carnaval en el que mi tía Nelida arreglo para mí un precioso vestido que mi abuelo le había traído de Estados Unidos. Lleno de tules y encajes negros.
Mi madre me maquilló, me puso estupendo peinetón y mantilla, y el hermoso abanico de mi abuela en las manos. Me sentí una verdadera damita del virreinato. Pienso, y sueño que he vivido en la época de la colonia, en alguna vida Kármica. Seguramente sí. Y creo que estuve muy enamorada de algún militar o capitán de puertos y en un palco del Teatro Colón, en alguna gala lo conquisté con mi abanico y su lenguaje.
Y bueno, como hoy amanecí enamorara y soñar no cuesta nada y en la vida merecemos lo mejor, corro a comprarme un abanico. A ver si cumplo el sueño.
¡Después les cuento!

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